El último gran galgante

Hay una palabra que salvo que vivas en una villa asturiana llamada Grado, te costará entender.

Te la pueden explicar, pero nunca entenderás su significado tan bien como si has vivido por aquí en algún momento de los últimos 40 años y has salido los suficientes domingos al vermú.

Porque por estas calles, por estos bares, vivió el socarrón que siempre tenía un comentario y una gran carcajada. El que se reía de todos y de sí mismo. El que si le llamaban Briatore se disfrazaba de magnate de la Fórmula 1 y convencía a diez tíos para hacerle de mecánicos.

Y vaya risas.

El único capaz de venderte Larios con trina el día de la Flor a las nueve de la noche porque era lo que le quedaba, y soltarte tres chorradas por el camino.

Un vacilón, un visionario que convirtió una confitería en una forma de salir, que acuñó fiestas, carismático como pocos y elegante como el que más. Uno que prefería pedir perdón que permiso y al que nunca, al menos conmigo, y seguramente contigo, le faltó una sonrisa y una buena palabra.

Cerveza fría a última hora si le faltaría, pero nunca una buena tontería para compensarlo.

Hablo en pasado, y se me hace muy raro, porque en estas calles ya no va a oler tan bien.

Porque se ha ido Gerardo, Gerardo el de La Merced, el último gran galgante.

Escribo esto porque, de algún modo, me duele que se haya ido en esta época, me duele que Grado lo despida con mascarillas, sin vermutazos y sin carnavales.

Me duele porque cuando todo vuelva a su sitio no todo estará en su sitio.

Cuando ahora estemos saliendo de Pepe el Bueno, o del Fufo, o del chigre que sea ya no vamos a poder decir:

—¿Vamos a ver a Gerar?

Y me jode, porque a mí me gustaba ir a ver a Gerar.

También sé que mi sentimiento es compartido, que la repentina ausencia ha dolido en muchas generaciones. Cuando llegó la noticia mi teléfono hervía, muchos moscones con la necesidad de comentar y compartir su pena y su incredulidad.

Lo mismo sus hijos no saben esto, y es justo que lo sepan y estén orgullosos. Como por las circunstancias no van a poder sentir el calor de este pueblo, yo se lo transmito desde aquí. Muchos vamos a echar de menos ir a ver a Gerar.

Ya sé que se muere más gente, y más ahora, pero es que el cabrón se lo ganó en las calles.

También me gustaría que sus futuros nietos, si es que los tiene, sepan que su abuelo era un galgante, un tipo muy grande que apretaba la cara al reírse y la apretaba mucho, porque se reía mucho.

Que vacilaba con mi padre jugando al ajedrez por la tarde y conmigo por la noche.

Que cuando se murió no podíamos abrazarnos, ni juntarnos siquiera, pero que de haber podido...

...de haber podido habríamos puesto un cañero en el altar, un vídeo de esquí, habríamos comido empanadillas ardiendo y nos lo habríamos pasado tan bien como lo hemos pasado en La Merced antigua, en la nueva y hasta en la Va Bene.

Como cuando íbamos a ver a Gerar.

Hoy es triste, pero el recuerdo será muy feliz.

Además, Gerar tenía otra gran habilidad.

Cuando yo tenía quince o dieciséis años hubo un torneo de palas en el Frontón.

Aunque apenas habíamos jugado un colega y yo nos apuntamos y en cuartos de final nos tocó jugar contra una pareja de veteranos del Frontón, El Pibe y Gerardo.

Se suponía que nos ganarían de calle, pero no fue para tanto. Gerardo sudó más de lo habitual. Si hubiera sido fútbol habría sido una derrota en los penaltis.

Lo primero que dijo Gerardo nada más acabar, empapado en sudor, fue:

“Vaya partidazo, hay que celebrarlo, os invito a a comer”

Y nos invitó a comer a su restaurante.

Supongo que esa fue la primera vez que coincidí con él en un bar, luego vinieron muchas más, porque, además de un galgante, Gerardo era un comercial excelente, y todos íbamos a lo que montaba.

Poca gente he visto con ese don de gentes, con ese imán para llevar gente a su fiesta, por muy inventada que fuera.

Mi juventud ha sido bebiendo sus cañas y comiendo paellas de un bocado. La de domingos que habré llegado tarde a comer, o no he llegado, porque en La Merced no parecía pasar el tiempo.

Desde que se la jugó convirtiendo un negocio de cafés, jubiladas y milhojas en una especie de vinoteca-pub-gastrochigre, pero sin perder la esencia, la forma de salir cambió. De repente el domingo molaba más que el sábado.

Se la jugó muchas más veces, unas salió bien y otras no tanto, pero a valiente en los negocios no le ganó nadie. Todas y cada una de las veces salió con su carcajada por delante, un tío capaz de estar por encima. Ya podía tener el gran lío, que no se lo notabas.

A última hora a La Merced le tocó cambiar de ubicación, y la gente cambió con ella. A todos les gustaba ir a ver a Gerar.

La última vez que lo vi, no hará un mes, subía corriendo por la general, a su ritmo, lento pero imparable. Yo estaba en el parque, un poco más arriba, haciendo sentadillas y lo saludé desde lejos, me saludó y me gritó algo, no lo entendí, pero sentí una carcajada, así que seguro que era de galga.

Se ha muerto el gran galgante, y lo vamos a echar de menos.

La próxima, Gerar, va por ti.

Un abrazo

Grado.

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